Canterano llegado en 2020, recorre juveniles y filial hasta debutar con el primer equipo el 3 de mayo de 2023, en el Metropolitano. Entra en la segunda parte de un 5-1 ante el Atlético de Madrid y, en apenas dieciocho minutos, deja la asistencia del gol de Choco Lozano. Sergio González lo usa como uno de sus jóvenes de aquel tramo final en Primera, con algún minuto más en Villarreal, y el club le renueva hasta 2027. El salto, sin embargo, no es inmediato: aquella misma ventana de septiembre se va cedido al Recreativo de Huelva.
En el Decano sí explota. Treinta y dos partidos, seis goles —uno de chilena ante el Castilla— y la afición onubense lo elige mejor jugador de la temporada. Vuelve al Cádiz ya en Segunda, en la 24-25, y se queda en un término medio: veinticuatro partidos, la mitad como titular, y un gol en la goleada al Cartagena. Pieza de rotación, aún sin el desborde que se le esperaba.
Ojito derecho de Garitano, en la 25-26 le toca explotar definitivamente. Empieza la liga como un tiro, fundamental en el inaugural frente al Mirandés y de los pocos que brilla en Leganés. Aunque da equilibrio entre ataque y defensa, arriba le falta mordiente y calidad para desbordar. Cuando mejor está, se lesiona frente al Albacete y eso le lleva al dique seco mes y medio largos, reapareciendo en casa frente al Burgos, ya bien entrado octubre.
El técnico vasco cree muchísimo en él, y lo demuestra: una vez dado de alta, enseguida
le devuelve la titularidad, como en Granada. El onubense no termina de responder, sin embargo, y deja algunas acciones impropias de un profesional, como la ocasión que falla en Almería nada más comenzar el choque, inexplicable.
Tiene algunos días de lucidez y gran acierto, como su partido —pese a la derrota— en casa frente al Racing, en el que es clave en los goles amarillos. Pero esos días no compensan la nula trascendencia de su fútbol en la mayoría de encuentros, en los que, pese a la insistencia de su entrenador, que sigue contando con él de inicio, sale sustituido sin que apenas se recuerde una jugada de peligro o de desborde.
Esa falta de peso en el juego es tal que hasta su más férreo defensor empieza a dejar de creer en él. A pesar de que el equipo está inmerso en una de las peores rachas de su historia, Garitano lo saca primero del once para darle algunos minutos en las segundas partes, y luego ya ni eso.
Con Sergio González su situación no cambia especialmente, pese a los bandazos que pronto empieza a dar el técnico catalán para intentar dar con una tecla a la que nunca llega. Un partido de titular aquí, uno de recambio en la segunda parte allá, pero el onubense —como casi todos sus compañeros en ese periodo— no aporta gran cosa.
Con Idiakez parece que va a seguir en la misma línea, pero el entrenador vasco termina apostando por él en los partidos decisivos. De la Rosa es titular en los tres últimos encuentros de liga, incluyendo el empate en Castellón y, sobre todo, la salvación definitiva en casa frente al Leganés, en el que marca el segundo gol, el de la tranquilidad.
No basta para que el club lo retenga. El jugador no acepta la renovación, el contrato se le acaba al término de la 26-27 y desde enero puede negociar a coste cero. El Cádiz, que
días antes niega a la prensa que el extremo esté en el mercado, acaba vendiéndolo el 5 de septiembre de 2026 al Wieczysta Cracovia: el 70% de sus derechos, por una cifra cercana a los 700.000 euros, y el 30% restante se lo queda la entidad. Seis años en el club, 58 partidos con el primer equipo, 33 de ellos como titular, tres goles y tres asistencias. El camino de cantera hasta el primer equipo sí se completa; el de convertirse en el desborde que Garitano veía en él, no.